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La
provincia de Jujuy es un gran yacimiento arqueológico que está siendo
descubierto por la ciencia y que debe ser trabajado por investigadores
capacitados con el cuidado y la protección que merece tan ingente y
vulnerable riqueza.
Las
capas culturales descubiertas en Jujuy tienen una profundidad cronológica
de alrededor de 9000 años a.C. con una serie de yacimientos precerámicos,
con industrias líticas representadas por hachas de mano muy toscas y
pesadas, raspadores e instrumentos manuales diversos fabricados en
basalto, cuarcitas y otras rocas duras, instrumentos que utilizaban para
la caza, el trozado y el raspado de los cueros de los animales
aprovechados para su alimentación, vestimenta y abrigo.
Las
puntas de proyectil, mejor trabajadas en ambas caras con variedad de
formas y tamaños, el invento de la tiradera, con etapas de nomadismo que
en un siguiente estadio tendrá un avance crucial en la aparición y
desarrollo de la agricultura. Primero una etapa incipiente donde se
siguen usando las hachas líticas e instrumentos de madera, y una etapa de
agricultura altamente desarrollada con andenes y cuadros de cultivos como
Sayate, Alfarcito, Doncellas y Coctaca.
El
hombre de este territorio cada vez estará más preocupado por su futuro
espiritual, procuración que conocen los investigadores a través de dos
manifestaciones: la funeraria y el arte rupestre.
La
funeraria, con distintas formas de inhumación, entierro directo y en
urnas, construcciones especificas como sepulcros, casas-tumba, cistas,
etc. y el ajuar fúnebre con elementos de la vida diaria, utensilios,
armas, vajilla y otros fabricados para esa ocasión como eran ciertos
vasos de cerámicas, prendas de vestir o insignias de poder.
El
arte rupestre, pintura o grabado en soporte rocosos de una amplia temática,
desde la figura humana pintada en color rojo asociado a los sitios
precerámicos más antiguos hasta los caballos, animal que sorprendió a
los primitivos habitantes del Noroeste, cuya presencia demuestra que esas
manifestaciones artístico-religiosas perduraron después de la conquista hispánica,
Sapagua y Doncellas, entre otros.
También
marcaron hitos en rutas transitadas con finalidades mítico-religiosas,
conduciendo a concentraciones o altares que aún perduran en el
conocimiento de los pobladores que no descubren esos sitios a los
extraños y los visitan en determinadas fechas repitiendo ofrendas y
oraciones como en Cacuñayo, Tinate, Barrancas, Cerro Colorado, Rinconada,
etc.
Algo
similar sucede en cuanto al ganado; las ceremonias que tienen como sujetos
a todos los animales que poseen, recuas de burros, llamas, ovejas y cabras
y hasta los pequeños animales domésticos, perros, gatos, gallinas y
palomas que son señalados y acompañan a sus dueños en la trashumancia
estacional.
Con
estas etapas de desarrollo agro-alfarero llegamos a una cronología que
ronda entre 100 años a.C. y los 1400 años d.C., momento del asentamiento
incaico en el territorio de Jujuy.
Los
Incas se asientan a lo largo de la Cordillera de los Andes y en los valles
transversales usando los poblados anteriores para enclavar sus tambos; es
decir, aportan su cultura y fagocitan lo que hallan, cambiando parte de lo
existente, nivelando su influencia mediante la imposición de su lengua,
el quechua, y del culto al Sol, a excepción de la Quebrada de Humahuaca y
los valles calchaquíes, que resistieron la invasión.
Con
el choque hispano se cierra el ciclo cultural del territorio Jujeño que
conserva las tradiciones, esos bienes culturales de los que son
depositarios.
La
textilería actual tiene sus raíces técnicas y temáticas en elementos arqueológicos
hallados junto a las momias; las piedras duras, la plata, la arcilla, dan
cuenta de la tradición más pura, sin por ello limitar la creatividad del
artesano.
Jujuy
ha sido y es motivo de estudio para arqueólogos, antropólogos y sociólogos.
Boman, Ambrosetti, Debenedetti, Casanova figuran entre los pioneros.
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